Últimamente he estado enganchada
a dos series basadas en hechos históricos con toques de ficción. La primera es una
de las grandes series de televisión estadounidense producida por la cadena HBO,
emitida entre los años 2005 y 2006, que se llama Roma y narra la caída de la
República y el comienzo del Imperio Romano con Julio César, Marco Antonio y César Augusto.
La otra serie de
televisión es de origen español y ha supuesto un gran éxito de espectadores y
de crítica: El Ministerio del Tiempo. Esta serie de ficción española que
desarrolla una trama interesante puesto que mezcla las aventuras de sus personajes y
la divulgación histórica, ha dado una bocanada de aire fresco a la cadena
nacional española – según mi opinión personal, y la de muchos españoles, TVE se
ha convertido en una cadena conservadora que sigue el ideario político del partido
de derechas que está en el poder. Por este motivo, ha resultado una grata
sorpresa que TVE haya decidido financiar una serie de ficción que, indudablemente, suponía muchos riesgos de que prosperase y fuese rentable a la cadena española
por la novedad sobre su contenido y el tratamiento de la historia, ya que no suele ser
atractiva para los televidentes. Los guionistas y creadores de este producto son
los hermanos Pablo y Javier Olivares, que además han sido también los
responsables de la otra serie de ficción de buena calidad, Isabel, que está inspirada en la vida de Isabel la Católica.
La trama de la serie El
Ministerio del Tiempo se resume en una de las grandes preguntas de la
humanidad: ¿Qué pasaría si alguien tuviera el control de poder cambiar la
historia? Precisamente esta posibilidad de viajar a través del tiempo mediante
unas puertas que se encuentran en el Ministerio del Tiempo es la idea principal
de la serie. Además, surge otra noción fundamental y que se sintetiza en una gran
cita anónima “solo los vencedores escriben la Historia”, es decir, la Historia
nunca es relatada de forma neutral y objetiva, y posiblemente nunca se conocerá
la veracidad de lo que realmente ocurrió en un época relevante para el desarrollo y la conformación de una nación o de una sociedad
determinada. Por ese motivo es interesante que se presenten hechos históricos puntuales
que pudieron transcurrir de otra forma o que hayan intervenido personas que luego
fueron obviadas en su transmisión posterior.
Por supuesto que la
idea de viajar a través del tiempo no es novedosa y ha sido ya abordada tanto
en la literatura como en películas y series extranjeras. La primera aparición de
esta temática es la novela de ficción La máquina del tiempo del escritor
británico Herbert George Wells, publicada por primera vez en Londres en el año 1895 por William Heinemann y aunque no trata de mundos
paralelos, persigue una finalidad moralizante.
Otras obras de la misma temática es la
longeva y laureada serie de ficción británica Doctor Who, en el que su “máquina del tiempo” es la nave TARDIS - muchos
críticos aseguran que la ficción española tiene muchas semejanzas a la
británica. Además, no hay que olvidar la mítica película ochentera que -por lo
menos a mí - marcó la infancia y/o adolescencia de muchos “Back to the Future” (“Volver
al futuro” en español) con Doc y Marty McFly.
Volviendo otra vez a “Ministerio
del Tiempo”, no sólo una serie necesita una buena idea para que triunfe, sino
también hace falta que haya una correlación de la trama con sus personajes y
precisamente este aspecto el que más me llama la atención – aunque por supuesto
que disfruto de las aventuras y desventuras que ocurren cada vez que atraviesan
una puerta a un pasado remoto de suma importancia para la Historia de España. A
medida que avanza la serie, los personajes se van descubriendo y sus traumas
personales salen a flote. Los tres protagonistas principales que conforman el
grupo de viajeros en el tiempo son muy diferentes entre sí, y no sólo porque
hayan nacido en diferentes épocas – más bien en diferentes siglos: Alonso
Entrerríos, el “soldado perfecto y honorable” del siglo XVI, Amalia Folch, una mujer
muy inteligente y avanzada para su época, el siglo XIX y el enfermero del
presente 2015, Julián Martínez, que vive traumado desde la muerte de su esposa –
no hay spoilers puesto que el primer capítulo es la presentación de estos tres
personajes.
De los tres personajes
el que más me he sentido identificada es el de la jefa al mando de la patrulla,
Amelia Folch. Una mujer de gran inteligencia perteneciente a la burguesía
catalana que fue una de las primeras mujeres que estudiaron en la Universidad de
Barcelona y que suele sentirse incomprendida y desubicada por sus compañeros de carrera y por
su familia, que desean que se convierta una mujer de “bien”, es decir, que encuentre pronto un marido para casarse y
forme una familia y deje de lado su curiosidad científica. Resulta gratificante
que en el guión de una serie no se olvide de la figura de las mujeres que
formaron parte de la Historia que muchas veces han sido relegadas u olvidadas
en los manuales históricos. Estas mujeres se convirtieron en referentes para su
época y, gracias a su labor, introdujeron avances culturales enfrentándose a un
mundo dominado por hombres.
Otro de los aspectos
menos relevantes pero que también tiene su gracia es el que encarna el director
del Ministerio del Tiempo. Salvador es el jefe que a todos nos gustaría tener –
yo me iría de “cañas” o a tomar cervezas con él. Es el primero que vive por y
para el Ministerio, no parece un jefe incompetente y dictatorial y también es
el encargado de hacer ironías y guiños a
los hechos históricos fallidos o a describir la idiosincrasia tan patria que
provoca en primer lugar sonrisas en el espectador pero más tarde lleva a la reflexión
e incluso a la vergüenza nacional: “El “mal” español no es la sífilis, sino la
impuntualidad”.
Por último, me gustaría
añadir los juicios morales que van apareciendo entre sus personajes y van olvidando
el cometido inicial de sus misiones. ¿Acaso no es demasiado tentador poder
cambiar la historia general o un momento trascendental de nuestra vida
personal?